El riesgo del fastidio

El riesgo del fastidio

“La relación de pareja es un experiencia muy importante de crecimiento y aprendizaje en nuestra vida”

Dr. Alejandro Di Grazia Rao

Director del Colegio Humanista de México

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La convivencia diaria de una pareja, cuando las personas no están preparadas a vivirla, puede llegar a afectar la relación, puede tomarse en una sucesión de respuestas destempladas, silencios tensos y frustraciones continuas que pueden echar a perder hasta la mejor de las relaciones, argumentando una falta de amor.

Cualquier pareja, por imposible que parezca, es susceptible de pasar por un momento de crisis. Momentos en que surgen los desencuentros y la estabilidad mental y emocional empieza a tambalearse.

Al decidir formar una pareja lo hacemos con grandes esperanzas y con una historia muy particular. Esta historia está relacionada con todas nuestras experiencias y aprendizajes de lo que oímos o presenciamos como modelos de relación de las personas significativas en el hogar de nuestra infancia, es decir, cómo las personas importantes en nuestra vida se relacionaban, si se permitían mostrar y expresar sus sentimientos, si había caricias o contacto físicos cálidos, si se expresaban reconocimiento mutuo, entre otras cosas.

Cuando de adultos formamos una pareja, muchas veces tendemos a reproducir esos mismos modelos sin darnos cuenta. Si éstos son adecuados pueden permitir mantener una relación armoniosa en nuestra pareja: si estos modelos reflejan relaciones frías y distantes, escasa comunicación, descalificación, etc., ello puede generar conflictos en la relación de pareja.

Cuando esto sucede, es muy probable que critiquemos a nuestra pareja, que pensemos que el problema es él o ella, que le echemos la culpa de algo que está haciendo o dejando de hacer, tal vez aletargando nuestra conciencia y la pesada responsabilidad de examinarnos a fondo, de reconocer con honestidad y de manera autocrítica la parte que nos corresponde.

Este mecanismo de inculpar al otro es lo que es psicología se conoce como proyección. Y para entenderla, la formulación es muy sencilla: “¿Qué tienes tú de mí que me caes tan mal?”. “¿Qué veo con tanta claridad en ti que me resulta difícil reconocer en mí?”.

Tal vez identificar como algo propio ese aspecto que nos molesta del otro, sea desagradable, nos produzca dolor o tristeza; sin embargo, no aceptarlo es caer en el autoengaño que, en cualquier momento y sin que nos demos cuenta, nos hace malas jugadas, ya que de manera poco consciente saldrá a relucir y se expresará a través de nuestros silencios, del tono de voz, los gestos, ademanes, entre otros.

Cuando la pareja cusa el impacto de una relación con todos estos elementos (tono de voz, sarcasmos, ironías, reproches) y percibe todos estos mensajes, responde en correspondencia, convirtiéndose este mecanismo de proyección en una especie de bumerang, donde cada vez la relación con el otro se vuelve más difícil y complicada.

¿Qué sería lo peor que podría ocurrir si cada miembro de la pareja que tiene una dificultad reconoce su cuota de responsabilidad?

Esta pregunta a veces puede producir sentimientos de incertidumbre; después de todo, reconocer nuestra parte nos enfrenta con nosotros mismos, confrontar nuestro compromiso, nuestro miedo al cambio.

La relación de pareja es una experiencia muy importante de crecimiento y aprendizaje en nuestra vida que nos plantea la misma disyuntiva que tenemos ante una situación difícil: enfrentarla o huir. Enfrentarla es darnos oportunidad de aprender, aquí y ahora, lo que necesitamos saber acerca de nosotros mismos. Huir es abandonar esta oportunidad con la ilusión de que con otra persona será diferente, es corregir el riesgo de que, como dice la canción, “tropecé de nuevo con la misma piedra”. En otras palabras, que más adelante nos encontremos de nuevo con ese aspecto de nuestra vida no resuelto.

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